Tensiones sobre base religiosa marcan la política argentina: críticas a musulmanes, rol de evangélicos y disputa entre católicos y libertarios en el Gobierno de Milei

En las últimas semanas de 2025 se produjo en Argentina una serie de confrontaciones con un fuerte componente religioso dentro del ámbito político y mediático, que involucró a figuras del oficialismo, a la familia Menem, a sectores evangélicos vinculados al presidente Javier Milei y a líderes católicos cercanos a la vicepresidenta Victoria Villarruel. Este fenómeno ha sido descrito por analistas como una guerra religiosa encubierta dentro del propio Gobierno y su entorno de apoyo, con repercusiones sobre la convivencia interreligiosa y el discurso público.
La polémica estalló cuando el comentarista conocido como “El Gordo Dan”, identificado con sectores libertarios, publicó una serie de críticas ofensivas hacia el Islam, calificándolo de “liberticida, asesino y pedófilo”, una afirmación que generó un amplio rechazo. En respuesta, Zulemita Menem, hija del expresidente Carlos Menem y quien practica la fe islámica, declaró que confundir al Islam con terrorismo es un error grave, defendiendo la fe y rechazando las generalizaciones estigmatizantes.
La controversia se amplió cuando diputados y figuras mediáticas alineados con sectores libertarios replicaron o apoyaron dichos ataques, aunque algunos, como el legislador Alejandro Fargosi, tuvieron que eliminar tuits y aclarar que no se deben generalizar casos individuales a toda una religión ante el fuerte rechazo público.
Este conflicto mediático se suma a otra dimensión religiosa dentro de la coalición de gobierno: el presidente Javier Milei ha mostrado una mayor cercanía con líderes y comunidades evangélicas, participando en eventos y encuentros con pastores, lo que ha sido interpretado como un intento de consolidar apoyo entre sectores protestantes. Paralelamente, Milei ha sido criticado por no responder a las solicitudes formales de la Iglesia Católica, como la tradicional audiencia navideña con obispos, lo que profundiza la percepción de una preferencia institucional por grupos religiosos distintos a la mayoría católica del país.
Por su parte, la vicepresidenta Victoria Villarruel, claramente identificada con el catolicismo tradicional, ha protagonizado gestos simbólicos que también alimentan estas tensiones internas, como la inauguración de un oratorio católico en el Senado, lo que fue interpretado por algunos pastores evangélicos como una señal de rivalidad más que de diálogo ecuménico.
Analistas políticos y religiosos advierten que estas disputas —aunque en gran parte expresadas a través de redes sociales y discursos mediáticos— tienen el potencial de generar divisiones profundas en una nación históricamente plural en materia religiosa, al tiempo que distren la atención de cuestiones socioeconómicas urgentes como la inflación, el empleo y las reformas estructurales.
La dimensión religiosa de estas tensiones refleja no solo diferencias doctrinales sino también utilizaciones políticas de identidades de fe, en las que sectores del oficialismo y de la oposición explotan narrativas sobre diversidad religiosa para fortalecer su base de apoyo o criticar a adversarios, lo que plantea interrogantes sobre la laicidad del Estado argentino y la convivencia interreligiosa en un contexto altamente polarizado.





