Dólar “calmo”, reservas vacilantes y el incómodo dilema del plan económico

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Tras las recientes medidas de estabilización cambiaria y monetaria, la aparente tranquilidad en el mercado de cambio —el llamado “dólar calmo”— despierta preocupación entre economistas y analistas. Mientras algunos celebran la estabilidad momentánea, la falta de reservas netas positivas en el Banco Central de la República Argentina (BCRA), el encadenamiento de vencimientos de deuda y los ajustes en la tasa de interés ubican al país en un escenario plagado de riesgos estructurales que podrían golpear con dureza a la economía real.

Aunque el Gobierno exhibe reservas brutas —una cifra que ronda los 40.680 millones de dólares—, los recursos reales disponibles resultan más reducidos tras el pago de pasivos, compromisos externos e intereses de deuda. Esa situación genera una fragilidad evidente si se toma en cuenta que los vencimientos externos previstos para 2026 exigen un abastecimiento significativo de divisas. En este contexto, la estrategia oficial parece apuntar a evitar una “bola de pesos” adicional que descontrole la inflación: la idea es acumular reservas sin disparar emisión ni quebrar la estabilidad cambiaria.

El problema es que esa estrategia requiere que la demanda de pesos crezca —algo que no siempre sucede en un contexto de recesión, inflación persistente y deterioro del poder adquisitivo—. Si la sociedad no vuelve a preferir pesos para consumo o inversión, el BCRA podría quedar atado de manos: sin demanda de pesos, sin reservas líquidas, con deuda por vencer y con la necesidad de contener el dólar.

A su vez, persiste un debate sobre la sostenibilidad real del tipo de cambio. Si bien en los últimos días el tipo de cambio oficial se mostró relativamente estable, la diferencia entre la cotización mayorista y el techo de la banda cambiaria sigue reducida —lo que implica un riesgo ante cualquier shock externo o interno. Un ajuste brusco en esa banda podría reactivar la dolarización y generar presión sobre las reservas.

Por otro lado, la tasa de interés, una herramienta clave en este plan, está bajo tensión. La administración busca bajar las tasas para evitar castigar la actividad económica, pero hacerlo demasiado rápido o sin un respaldo monetario sólido puede debilitar la capacidad del BCRA de intervenir en el mercado cambiario si fuera necesario.

El esquema pone al país en una encrucijada: no hay margen amplio para errores. Si el “calmo” dólar se sostiene en base a una combinación débil de reservas, crédito restringido y ajuste monetario, cualquier sacudón —global o local— podría reactivar la volatilidad cambiaria, disparar la inflación y generar un nuevo derrumbe en la actividad económica.

A su vez, las decisiones del Gobierno durante los próximos meses —especialmente en lo que respecta a acumulación de reservas, manejo de vencimientos, inflación y control monetario— definirán si este programa logra mantenerse como un puente hacia la recuperación o termina como un episodio transitorio que acelera la crisis estructural.

El dilema que plantea la coyuntura es claro: el éxito del plan depende de reconquistar estabilidad real, con dólares suficientes, una demanda genuina de pesos, actividad económica en crecimiento y confianza en las instituciones financieras. De lo contrario, la calma cambiaria podría transformarse pronto en turbulencia, y los costos volverán a recaer, una vez más, sobre los sectores más vulnerables.